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Recibir una beta positiva o escuchar el ritmo del corazón de un bebé en una primera ecografía genera una ilusión enorme en la persona/pareja gestante, sobre todo cuando el embarazo es tan deseado, como sucede en los casos de los tratamientos de fertilidad.

Un proyecto de familia que parece concretarse después de un tiempo de búsqueda y, sin embargo, cuando se produce una interrupción de embarazo, el desconcierto y el consiguiente dolor es tan grande que, como toda pérdida tendría que traer consigo un tiempo de duelo. 

Por muy incipiente que sea un embarazo, cinco, seis o siete semanas de gestación, nuestro cuerpo y nuestra psique registra la experiencia, sabe que ahí hubo vida y una muerte genera un dolor que debe ser transitado y respetado.

Muchas mujeres y parejas recibimos mensajes por parte de nuestros familiares y amigos de tipo “mejor que se haya interrumpido ese embarazo ahora y no más adelante, “seguro y venía malito/a”, “ya vendrá otro”, etc. comentarios que se formulan con muy buena intención pero que sin embargo desautorizan a esa madre a transitar el dolor que la interrupción trae consigo. 

Las interrupciones de embarazo, sobretodo de primer trimestre son considerados como duelos desautorizados por una sociedad que piensa y considera “mejor que haya sido ahora y no después”. Mujeres y hombres cuyos bebés mueren, aprendiendo a reprimir su dolor porque este no es reconocido ni validado por la comunidad.

Es importante que la persona y/o pareja logren tomar un tiempo para recuperarse no solo física, sino también emocionalmente antes de buscar un nuevo embarazo y evitar de esta manera un nuevo hijo que sea “de reemplazo” al anterior, al que se esperaba, pero cuyo desarrollo no pudo darse.

El hijo de reemplazo o “hijo yacente” es aquel que llega después de un duelo no elaborado, a veces mal llamado “hijo arcoíris”, ahí donde se esperaba un varón, llega una mujer o viceversa, generándose una serie de consecuencias para esa nueva vida que solo serán visibilizadas años después.

Lo ideal es que el hijo que llegue con vida después de una o varias interrupciones sea un hijo producto de la restauración y no, como lo mencioné anteriormente, uno de reemplazo. 

Cuando las pérdidas se dan a repetición, tomarnos un tiempo de pausa, de conectar con nuestra tristeza, con la frustración, con la ira y la angustia es fundamental, porque un duelo no transitado es un duelo congelado, cristalizado y ello implica que en algún momento se reabrirá, puede ser meses o años después, frente a otro tipo de duelo.

Cuando la muerte llega ahí donde se esperaba vida, sucede que esa madre/padre se quedan detenidos durante un tiempo en aquella ilusión, en lo “que pudo ser y no es”; transitar el dolor en compañía de otras personas que pueden haber atravesado las mismas experiencias de vida, es fundamental. Buscar un acompañamiento por parte de un profesional especializado en el tema, buscar ayuda grupal o individual ayuda a que el duelo sea elaborado. 

Expresar, nombrar lo que sentimos es saludable, llorar y abrazar nuestras emociones también. 

El “duelo duele”, y debe ser atravesado antes de embarcarse en un nuevo intento de hacer crecer a la familia y completar de esta manera el tan anhelado proyecto de vida. 

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